El Yo representa la identidad individual tal como la experimentamos a diario a través de nuestra personalidad, nuestra historia personal, nuestras creencias y opiniones, nuestros miedos y apegos, así como la imagen que tenemos de nosotros mismos. Este Yo es necesario para funcionar en la sociedad; sin embargo, desde un punto de vista espiritual, se considera limitado, cambiante y condicionado.
Por el contrario, el Sí Mismo describe una dimensión más profunda de nuestro Ser. Es aquello que permanece detrás de toda forma de identificación del Yo aparente.
El Yo está sujeto a la dualidad, la separación y la individualidad.
El Sí Mismo habita en la unidad, la totalidad y la universalidad.
Al estar sometido a la dualidad, el Yo tiene dos formas de existir: siendo esclavo de sus sentidos, o poniéndose al servicio del Sí Mismo al desidentificarse del mundo de las apariencias.
El Yo experimenta la soledad como una carga y una prueba, lo que exacerba su sentimiento de estar aislado del resto del mundo y abandonado por la Divinidad. En cambio, en el nivel del Sí Mismo, la soledad simplemente no existe; es una ilusión y una falta de conexión con el Todo.
El Yo es ignorante e inconsciente porque carece de una identidad propia real. Esto se debe a que es la proyección del Sí Mismo en un cuerpo físico; es la cristalización material del Sí Mismo. Es el vehículo, no el conductor.
El Sí Mismo reside en la Luz del Espíritu, mientras que el Yo, inconsciente e ignorante, vive a la sombra del Sí Mismo. Esto es lo que lo lleva a temer a la Luz, tal como bellamente lo expresó Marianne Williamson.



