A menudo me encuentro con esas imágenes de un caballero arrodillado, con la frente inclinada, el alma abatida, como si su armadura pesara menos sobre su cuerpo que sobre su conciencia. En él se adivina a un hombre dividido entre su naturaleza más profunda y unas creencias impuestas, entre la compasión y el fanatismo.
Entonces me pregunto: ¿qué puede nacer de un corazón en guerra consigo mismo? ¿Qué puede producir un alma educada para despreciarse, una conciencia desgarrada entre el amor y la violencia?
Tal vez un guerrero que se ha vuelto un extraño para sí mismo, buscando en el martirio una justificación para su propio sufrimiento. Las cruzadas, como tantas guerras llamadas santas, nos muestran con frecuencia a hombres convencidos de servir a Dios cuando, en realidad, servían a menudo intereses de poder, riqueza y dominación.
Nada es más contrario al alma humana que la guerra.
Los antiguos combatientes suelen llevar heridas invisibles. Detrás de las banderas y de los discursos heroicos permanece el silencio de las conciencias quebradas. Una sociedad que glorifica la guerra termina siempre abandonando a quienes la libraron.
La historia nos advierte. Los regímenes totalitarios exaltaron la figura del caballero o del samurái para celebrar la obediencia absoluta y el mito de una raza o una civilización superior. Bajo las armaduras resplandecientes se ocultaba, con frecuencia, la fría maquinaria de la muerte.
Por eso es necesario distinguir al guerrero del caballero.
El guerrero pertenece a la guerra; el caballero pertenece a la paz.
El primero es moldeado para vencer; el segundo es llamado a proteger.
El primero obedece; el segundo discierne.
El primero puede convertirse en instrumento de un poder; el segundo permanece responsable ante su propia conciencia.
Un verdadero caballero es un hombre libre. Piensa. Elige. Puede desobedecer cuando la orden recibida contradice la justicia interior. Protege la inocencia, defiende la vida y levanta a quienes el mundo ha abandonado.
El mundo no necesita más guerreros.
Necesita caballeros errantes, humanistas, educadores, creadores, médicos, constructores de paz.
Un verdadero caballero no siembra el miedo ni el odio. Irradia bondad, perdón y misericordia activa. Aparece allí donde el sufrimiento es más grande, actúa con sencillez y luego se aleja sin reclamar gloria ni recompensa, dejando tras de sí una luz serena y una memoria de esperanza.
El caballero errante no camina con las multitudes que huyen.
Corre en la dirección opuesta.



